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Una Aproximación a la Figura de Bardasano.

Carolina Peña Bardasano.


  El caso de José Bardasano es uno de aquellos que evidencian claramente la necesidad de revisión de los esquemas que rigen los estudios generales de la pintura española contemporánea. Dice Joaquín de la Puente que “por más que las historias del arte novecentista se sigan escribiendo bajo la abrumadora óptica de las vanguardias y demás derivados, el siglo XX no es ese que nos ilustran más que a todo color, sino un tiempo inusitado en la historia de la humanidad: de extremadas y continuas novedades y supervivencias sin cuentos”. 

Bardasano nace para la pintura en un complejo periodo de nuestra historia artística: los años treinta; años en que la producción artística no cabe de ninguna manera bajo un único epígrafe. Conviven o se contraponen una vanguardia ecléctica deseosa de renovar, surgida en los años inmediatamente anteriores –dejamos a un lado la vanguardia española en París-, con figuras como Solana o Vázquez Díaz; y así mismo artistas que la historiografía sitúa en el siglo anterior, regionalistas de la talla de Zuloaga –por poner un ejemplo-, que aún están pintando durante el primer cuarto del siglo XX, o aquellos otros que, como Benedito, Sotomayor o su propio maestro, Marcelino Santa María, continúan o concluyen su andadura en la posguerra. 

Consolidadas sus posiciones estéticas y apenas logrados en las Exposiciones Nacionales los primeros reconocimientos a su encomiable esfuerzo, su  trayectoria queda inmersa en el devenir histórico con todas sus consecuencias sociales y vitales. La turbulencia de una guerra, que llevó a aquellos que se comprometieron con la causa republicana a rehacer sus vidas en el exilio, ese otro factor que pesa y se una con la diversidad de nuestras manifestaciones artísticas para conferir de una mayor complejidad a su historia, supuso para Bardasano un doble esfuerzo de readaptación a mundos artísticos nuevos: primero, como para sus compañeros en el exilio, el amoldarse en México a un medio completamente diferente, dominado por el movimiento muralista y los planteamientos ideológicos que lo sustentaban; y después de nuevo en España, tras veinte años de ausencia, el encontrar un país muy diferente al que abandonara, con un panorama artístico radicalmente volcado a la revolución informalista y a la conformación de los movimientos normativistas. 

Alguno se preguntará  cómo en medio de estos avatares y de las distintas revoluciones formales a su sólido concepto pictórico sin tacha ni duda. Ahora, con la perspectiva que otorga el paso del tiempo, podemos reclamar para la historia a figuras  que, como Bardasano, sufrieron las consecuencias de la lucha entre vanguardia y tradición; y contemplar sin complejos la continuidad, para unos, o la simple existencia, para otros, de las formas de expresión que siguieron bebiendo en la naturaleza, ya en el siglo XX. 

Si aceptamos este hecho, la obra de Bardasano habrá de inscribirse en el panorama de nuestro siglo, como quizá última consecuencia, aunque puramente formal, de la tradición del realismo pictórico español desde el siglo XVII al mismo XX, pasando por la asimilación de los lenguajes de los plenairistas. El mismo, dejando a un lado lo que trascendente fundamental el naturalismo de la pintura del Barroco, o lo que es lo  mismo,  desde un punto de vista puramente pictórico, concebía a la pintura española como una constante desde Velázquez hasta Goya; y en ese sentido podría comprenderse su voluntad o sensibilidad de mirar a veces más atrás en el tiempo, que a sus predecesores más cercanos de la transición de los dos últimos siglos, sin los cuales, por otra parte, su obra tampoco podría explicarse. Aunque muchas han sido las comparaciones y las referencias, porque en efecto resonancias más o menos cercanas pueden descubrirse en su pintura, supo recrear la expresión de ese lenguaje heredado, y dotarla de unas características poco susceptibles de definir de acuerdo con los parámetros que estamos acostumbrados a manejar. 

Cuestiones de sensibilidad pueden fundamentar su apego a la realidad como modelo, pero no así, por sí solas, su negación a los lenguajes vanguardistas en general. Hay que decir sin embargo que detrás de esta oposición, hay también un rechazo visceral –empleando el término en toda su significación -, que acompaña a una razón de fondo, que no va a cambiar en ningún momento su vida: el entendimiento de las vanguardias como manifestaciones de elite, frente a su oposición por un arte accesible a todos. Evidentemente éste era su pensamiento en los tiempos tumultuosos de la guerra, cuando, entregado de lleno a la producción de carteles de propaganda, veía apoyadas sus tesis por la casi total ausencia de esos lenguajes en horas tan decisivas para la comunicación; y lo siguió siendo, ya cerrado ese paréntesis, en los momentos de sosiego, en los que nos ofreció plenamente su sensibilidad  tan particular para mostrar, con cierto esteticismo selectivo, la cotidianeidad, o por lo menos su cotidianidad, el esplendor de la naturaleza, o el propio retrato del ser humano. 

Considerábase  Bartasano a sí mismo como “un pintor que tiene ideas”. Puede sorprender que el autor de tanto carteles y dibujos de guerra –faceta que ha primado para las historias del arte contemporáneo español-, pueda crear también temas como esos interiores –Faceta por la cual probablemente ha sido más conocido en los últimos tiempos-, llenos de connotaciones del pasado, de intimismos y ensimismamientos. Puede parecer sorprendente que se manifieste en aspectos tan aparentemente antitéticos. Pero la realidad es que los mundos de Bardasano son muchos y muy diversos. Dejemos que él mismo lo explique en las que son sus últimas  declaraciones públicas de su vida. En entrevistador le pregunta sobre su preferencia por la obra de carácter social o el retrato de familia, y Bardasano aduce sencillamente: 

“Son dos cosas necesarias (...) cuando tu ves una cosa que es injusta, que no hay derecho, entonces pintas eso, porque en cada momento surge un estado de ánimo. Es una necesidad. Don Francisco de Goya no estuvo pintando toda su vida fusilamientos y pinturas negras, e hizo La Duquesa de Chinchón, que es la cosa más maravillosa que se ha hecho. 
El hombre, (...) es una consecuencia de un medio ambiente (...) si estas viviendo ese medio ambiente es tal lo que ves a tu alrededor, tan monstruoso, tan negativo, que si no pintas te da una oclusión intestinal. Son estados de ánimo. Hay días en que ves una luz, un color o una flor, y entonces te entran ansias de pintar eso. Y otras que estas viendo una serie de cosas a tu alrededor (...) que no puedes pintar, por ejemplo la cara de un niño...” 

Como pintor, y una frase como “Las Meninas resume todos los problemas que se le pueden plantear a un pintor” lo demuestra, no tenía obligación de observar a la Historia del Arte como la sucesión de testimonios gráficos de pensamientos religiosos, voluntades y revoluciones políticas, o conquistas sociales. Ni siquiera, aunque sí en efecto le preocupara el cada vez hace mejor y superarse a sí mismo, parecían hacerlo sus propias etapas, cuando en cierta ocasión le preguntarán con cual de ellas se quedaría. Por lo tanto, probablemente poco le hubiera importado el que le cuestionaran qué lugar ocuparía su obra en nuestro tiempo. Pero, al que comenta o escribe la historia, que sí está en la obligación de hacerlo, si considera que la modernidad excluye forzosamente todo aquello que no rompe con la visión tridimensional de la realidad que en origen conquistó la pintura del Renacimiento, o por lo menos con la concepción del pintor de oficio, yo le llamaría a pararse ante un cuadro de Bardasano; y a buscar en él otra clase de modernidad, en la contraposición de un rojo violente sobre un gris indefinido y transparente, en la insuperable limpidez de un paisaje, en la casi abstracta soltura de unas manchas que de repente cobran forma y volumen, o incluso, si se quiere, en la increíble precisión de un apunte a lápiz aparentemente despreocupado; todas esas cosas  que nacieron de una visión privilegiada,  de una técnica prodigiosa y sobre todo de un inmenso amor a la pintura, como los que poseyó Bardasano.

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