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Su historia
Hablemos de Ti
José Luis Pecker
De la glorieta de Cuatro Caminos nace una calle en doble y leve curva, como bosquejo de un cuerpo dormido, bautizada de un antiguo con artículo masculino y plural, raramente incluido en el callejero madrileño: “Los Artistas”. De haber sido femenino evocaría la pasarela de un inmenso escenario al desfile de emplumadas suripantas, capaces de descender pausadamente por las tres enormes escaleras que conducen a un estrado “patio de butacas” ocupado por una intensa circulación y el generoso apellido del político, escritor, economista y académico Raimundo Fernández Villaverde y García del Rivero. Muy en lo alto queda pues, el extraño “monumento a los artistas desconocidos”- quien sabe si el circo, del pincel, de la gubia, etc.- cuando podría haber sido dedicada la calle a José Bardasano, en ella nacido, y con precedentes inmediatos en el barrio; el pintor Alenza al sur; al norte, el retratista de tres monarcas Juan Pantoja, del que se omite la Cruz; Tiziano casi enfrente; injustamente ofrecida a un solo Berruguete, pues exaltando al hijo, Alonso, olvida a Pedro. 
 
Los recuerdos vienen como pájaros al pan del entrañable José Bardasano, pues tal aire de palomar mantenía la casa-estudio que conocí, siempre abierta al mediodía de sus amigos, de aquellos que deseaban aprender y de sus discípulos de Méjico que no olvidaban la visita al maestro en sus “paseos” por Madrid. Rimaba su humor con el vino fino que descorchaba, y la mesita redonda y baja se multiplicaba de haces de trigo en cristal, queso de oveja, matanza y el agridulce sabor de las aceitunas verdes. Celebraban la reunión en torno a paisaje tan nuestro, las figuras familiares de sus lienzos a distancia de pared; se asustaban los escarabajos que prodigaban los pinceles de su hijo José Luis; desfilaban los soldaditos de plomo en las estanterías más de una vez pintadas, y silbaban los trenes-miniatrua de las colecciones del padre. 
Fiel a su niñez, José Bardasano recordó siempre a aquellos ferroviarios, amigos de la familia, que le auparon hasta su máquina y le hicieron participar en las maniobras que llevaban a cabo habitualmente en las inmediaciones de la estación. Frente a la calificación generalizada de “Monstruos de hierro”, los maquinistas las bautizaban con diminutivos de nombres femeninos. Así los quiso ver siempre: mujeres con boca de fuego, imponente cabellera de carbón, zarcillos y adornos, el temible vapor de sus besos y los inevitables sueños convertidos en humo. 

Le gustaba viajar para conocer, aprender y sentir. Cierto día, hallándose en Vigo tuvo ocasión de visitar el “Begoña” con su yerno, hoy capitán Carlos Peña Alvear, y otros oficiales. Los murales del barco italiano, que realizaba la travesía Inglaterra-España-Caribe, eran muy malos y Bardasano comentó: “A ver si retiran toda esa pintura que es una auténtica  porquería”. Una voz del grupo señaló: “Cuando usted pinte algo mejor”. Felices con su charla  y sus bromas, acompañaron al maestro durante la jornada; las horas transcurrieron demasiado deprisa y perdió el coche-cama que debía transladarle a Madrid aquella noche. Al día siguiente, bien de mañana, el sobrecargo –que había llamado previamente a la dirección de la Compañía Trasatlántica para comentar lo sucedido se presentaba en la habitación del hotel dando muestras de evidente excitación: ¡”Se viene usted a  América!”. 

Aquella imperativa invitación le hizo gracia. Le quedó el tiempo justo para llamar por teléfono justo para llamar por teléfono a Madrid, despedirse de los suyos y comprar unas camisas de tejido más liviano. La travesía duró un mes, y, durante la misma, no dejó de pintar un solo día. 

Todo el mundo celebró la calidad de aquel derroche de temas. Sobre tablas de distintas proporciones, escenas de marineros, sueños de emigrantes, tareas de pescadores, utensilios náuticos, asuntos tropicales, bailes caribeños, bodegones... Comentarios tan favorecidos indujeron a la Compañía Trasatlántica Española a encargarle los murales del “Monstserrat”, con lo que sumó sesenta y dos obras de mar y vida en los citados barcos de pasajeros, ya desguazados. 
 

A lo largo de su existencia pintó en Francia, Bélgica, Holanda, Guatemala, Méjico, al Atlántico... Exilió su cuerpo, pero no su alma: jamás se sintió fuera de España aún estando lejos. Cuando llegó a Méjico, unos obreros de la imprenta del español Manuel León Sánchez le propusieron que “les enseñara a pintar”. A raíz de aquello prometió abrir academia y ellos fueron sus primeros discípulos. Su sencillez, su maestría y su comprensividad le dieron nueva fama y aumentó enormemente el discipulado, que aún presume de haber seguido la “escuela de Bardasano”.
Ilustró libros notables y es justo destacar la “Verdadera historia de la conquista de Nueva España”, narrada por el medinense Bernal Díaz del Castillo, quien fue nombrado regidor perpetuo en la ciudad de Guatemala y a la que dedicó un capítulo, ajeno a la conquista de Méjico, donde describe la inundación de La Antigua por el volcán de Agua en 1541. Tal añadido figura en una de las dos ediciones halladas en Madrid, en 1632. 

Le conocí en las tertulias que presidió José Cruz Herrera, donde se discutía lo divino y lo humano sobre lienzo, con oportunos apuntes verbales de Prados López, Huestos, Montesinos, etc. Cuando las opiniones lesionaban la línea argumental de la pintura realista, Bardasano tomaba su copa y proponía un brindis por don Diego, “el pintor más importante del mundo”. Resultaba un placer escuchar las reflexiones sobre “Las Meninas” al nuevo maestro de los interiores con espejo, y aprender el por qué de la torva mirada de “Inocencio X”, cuyo pontificado, con harto dolor de su corazón y perjuicio evidente para su Iglesia, quedó excluido de las negociaciones de paz en Westfalia. 
 
 

Bardasano con su mujer Paquita
Amaba a Velázquez casi tanto como a su familia: Paquita, su mujer, a quien representaba castizamente  como “su contraria”; Maruja, casada con Carlos, cuyas hijas Carolina, Rosalva y Beatriz, le emocionaron con sus primeros dibujos; José Luis y Marisa, con su pequeña Lara. Todos pintaron y pintan en la familia Bardasano. Maruja, además, encuentra tiempo para dedicarlo a la enseñanza. Maruja y José Luis, admiran en su padre, sobre todo la técnica; su mujer, por la poesía que emana de su obra. 

Cuando decidió regresar a España -”Toda la vida he hecho lo que me ha apetecido”, solía repetir- buscó todo aquello que jamás quiso olvidar: se envolvía en la “pañosa” durante el invierno;  gastaba pañuelo al cuello y gorrilla en las verbenas; celebraba el “Entierro de la sardina” camino de la fuente de la Teja; recorría el viejo Madrid y chateaba en las tabernas de antaño, a la caída de la tarde; y pintaba la vida. 

No le faltaban encargos: retratos, calles, bodegones, trenes; le necesitaban las galerías de las grandes ciudades para que expusiera en fecha apetecida, sabedores de que el día de la inauguración toda la obra iba a estar vendida. Afortunadamente no le importaba el dinero, y supo hallar tiempo para sí mismo y para los demás. Viajaba a lugares del Norte de España y los casaba con la Vieja Europa que había conocido; se perdía deliberadamente en la hermosa cosecha de pueblos silenciosos que ofrece la provincia de Guadalajara; ascendió hasta la sierra de Guadarrama, que Velázquez pintó, y donde Bardasano, aún muchacho, había aprendido a esquiar; tomaba apuntes en torno de aquel “río de la arena”, bienoliente, enamorado de los pinos escaladores y de la inmensa llanura que saluda a Madrid. Como premio a sus excursiones serranas halló acomodo en Cercedilla donde se refugiaba durante los veranos ardientes. Ideó unas vidrieras emplomadas para su casa, y las hizo reavivar los años mozos en que aprendió el oficio. Soñó allí, quizás, la serie de tipos madrileños que han idos desapareciendo; la vendedora de fresas y requesón que despachaba, uniformada, con alto mangote, y aromaba la acera; la planchadora que aportaba la lluevia en el cuenco de la mano para empuñar la proa de hierra y convertirlo en vapor; la florista sin voces, que invitaba a primavera poniendo el eje en el ojal, viudo de botón; el coplero, que repetía el mismo programa de televisión, -algo de Hitchcock seguramente-, todos los días; la gallineja, que atosigaba  de sebo los primero balcones; el “limpia”, que contaba en el Madrid de aquellos tiempos más alpargatas que zapatos; la horchatera, que poseía el arte de transformar la arrugada chufa en refresco; el albañil, junto al cocido de tres vuelcos; el zapatero remendón, que disfrutaba de un cuenta kilómetros mental para el fatigado cuero; la lavandera, que se estiraba como un banderillero en el instante de colocar las pinzas o las sábanas; el vendedor de periódicos que, en Madrid, nunca se hacia millonario.... 

Amó mucho a Madrid, lo llevaba en el alma. Paseaba despacio para anotar con el doble pincel de sus ojos claros un golpe de geranios en el balcón, un jilguero entre rejas o una fuente sin agua. Luego, llevaba al lienzo cada nota confiada a su memoria y la envolvía con esa luz acariciadora, tan suya. 

Acaso debió haber dejado escrito en su paleta aquel breve testamento de Bernanos: “Cuando yo me haya muerto, decid al dulce reino de la Tierra que la amé muchos más de lo que nunca me atreví a decir”.

   
   
 
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