El treinta de junio de 1979 fallecía en Madrid a consecuencia
de un infarto José Bardasano, que había nacido en la calle de los
Artistas, situada en el castizo barrio de Cuatro Caminos en 1910.
Discípulo, en su juventud de don Marcelino Santamaría, que le
descubrió viéndole dibujar en la calle, cuando aún no
había cumplido los once años, y gracias al cual ingresa en la
escuela de Artes y Oficios un año después, fue un artista
profundo, apasionado, y sencillo, al que las dificultades, las injusticias y el
dolor de un prolongado exilio, no consiguieron cambiar su generoso
carácter, ni hacer mella en sus convicciones estéticas, sociales
o políticas, coincidentes en entender la pintura como un compromiso del
artista con su época y con su entorno: La obligación de un
pintor es enfocar el mundo real que le rodea afirmaba-, si es pintor, de
otro modo todo lo que realice será una fuga. La pintura abstracta es la
decadencia de un sistema. Desde 1922 hasta 1925, en que termina sus
estudios obtiene en la Escuela de Arte y Oficios todos los premios
extraordinarios; sin embargo, cuando el año siguiente se presenta al
examen de ingreso en la escuela de Bellas Artes de San Fernando, es considerado
no apto por los componentes del tribunal de
admisión.
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Esta arbitraria decisión, fue uno de los
golpes más duros de su vida, ya que venía a destrozar todos sus
sueños juveniles y a poner a prueba una vez más, la autenticidad
y la fuerza de su vocación. El apoyo moral de Santamaría, la
entereza de su carácter, y el trabajo que empieza a realizar en la
Vidriera Artística, y al que, se entrega sin reservas, ayudarán a
cicatrizar esta primera herida, aunque el recuerdo de este penoso suceso le
acompañará durante toda su vida, y quizás debamos buscar
en él, las raíces de alguna de sus actitudes vitales. A los
dieciocho años comienza a colaborar en distintas revistas y semanarios.
En 1930 concurre a la Exposición Nacional de Bellas Artes, con un
Autorretrato, que llama poderosamente la atención de los
miembros del Jurado que acuerdan concederle al joven pintor el premio
Bolsa de viaje, esta distinción supone un gran
estímulo para él, y le permite conocer Andalucía en donde
pinta algunos paisajes y numerosas escenas
populares. |
En 1932 en vía a la Nacional unos
excelentes grabados. Son aguafuertes, plenos de personalidad, en los que un
costumbrismo reacio, alejado del folklorismo y de tópicos empieza a
inspirar gran parte de sus obras, de esa época son: El
Rincón Vasco, El Entierro, Plaza de
Madrid, La Salida, Fuenterrabía o La
Plaza de la Cruz Verde, algunos de los cuales figuran en la
sección de grabados de la nacional de 1934, en la que también
presenta los óleos Mi Hermano y Retrato de Juana
Francisca, su esposa artista como él, con la que había
contraído matrimonio ese mismo año. Este retrato es galardonado
con la segunda medalla y supone un importante paso para el pintor, que meses
antes había realizado su primera muestra individual en las salas de
Los Amigos del Arte, con un envidiable éxito de
crítica y ventas. Coincidiendo con su 25 cumpleaños, obtiene la
Beca Conde de Cartagena, que le permite salir por primera vez al
extranjero, viajando por Francia, Bélgica, Inglaterra y Holanda,
mientras pinta incansablemente, un elevado número de obras, que expone y
vende en su mayoría en los mismo países que
recorre.
En abril de 1936 regresa a España y acude a la
Exposición Nacional, con un óleo de gran empeño, titulado
La Retirada, en el que recrea con indiscutible belleza una escena
de la Guerra Mundial. El Jurado concedió a este lienzo la Primera
Medalla, pero el comienzo la guerra civil, impide la entrega de los premios y
posterga la clausura de la exposición, y el cuadro queda olvidado, junto
con otros muchos, en los almacenes de Bellas Artes, de donde desaparecen con
posterioridad.
José Bardasano, republicano tanto por convicción como
por tradición, realiza durante la contienda algunos carteles excelentes
que nada tenían que envidiar a los Renau. El mismo dijo: El cartel
es algo efímero pero hay que tender a que quede como una obra de
arte. En 1937 obtuvo el Primer Premio de Carteles convocado por la
Cámara Oficial del Libro. El final de la guerra supone para el artista
la prisión, primero en los campos de concentración franceses, y,
después, el exilio. Con su llegada a México, se cierra una etapa
de su obra.
| En 1940, presenta una muestra de su obra,
alcanzando rápidamente un sólido prestigio, que le lleva no
sólo a dar clases de dibujo y pintura, sino a realizar una larga serie
de retratos, encargos oficiales, ilustraciones de libros, viajes a distintos
países de Hispanoamérica y después de veinte años
de ausencia, en 1960, su definitiva vuelta a Madrid, que supone una tercera
época, o tal vez, una continuación, madurada por la nostalgia y
la edad, de la primera.
Deja en México obras importantes,
centenares de amigos y discípulos a los que siempre recordará,
con emoción y gratitud, y trae en su retorno algunos lienzos, y unos
cuantos dibujos. |
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De aquellos, quizás, que destacar el
titulado La Manda, hermosa figura de mujer, pintada con su
inteligente efectismo, que le sirve al pintor para realizar un estudio de
luces, sin restarle intimidad ni ternura, o el llamado Tepozteco,
en el que Bardasano consigue transmitir la grandiosidad del paisaje
mexicano.
En Madrid que el artista contempla al volver, no es el mismo que ha
llevado en sus ojos, ni en su corazón durante veinte años,
Enrique Azcoaga escribía en el catálogo de la
Exposición Bardasano, organizada por el Banco de Bilbao en
febrero de 1984: El Madrid de dos o tres galerías, en las que
Vázquez Díaz o Solana constituían la máxima
novedad, estaba reemplazado por el que desbordaba comercios de arte, en donde
un nuevo figurantivismo, el abstraccionismo y el nuevo realismo, privaban sobre
lo demás. Maestros y compañeros del exilado, no
habían tenido más remedio que replegarse a cuarteles de invierno,
puesto que como le dijo José Aguilar y Bardasano nos recordaba-
esto ha cambiado como no puedes imaginarte... El ayer,
engrandecido, mitificado sin abandonar otros temas que le son particularmente
gratos, como las mujeres bretonas, los interiores plenos de intimidad, los
desnudos, los bodegones y los paisajes o los retratos, dedicará a
Madrid, a sus barrios y a sus gentes una parte fundamental de su
obra.
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Extraordinario dibujante, pintor sensible,
especialmente dotado para llegar tanto al espectador cultivado como al que se
enfrenta con un cuadro por primera vez, crea una obra, cargada de
romántico lirismo, que no pierde nunca un peculiar y entrañable
sentido popular. Un Madrid callejero, herido de nostalgia, toma vida en sus
manos. Hay un eco de organillo chulón y de verbena temblando en el
color. Plaza Mayor, Amanecer en Madrid, La
Florista, Las Modistillas, El Palacio Real,
El Sereno, Rincón Madrileño, El
Rastro. Al borde de lo tópico y sin temor al riesgo, consciente de
lo que se propone, profundiza a golpe de pincel en todo lo que pinta, y en su
obra no hay alegría falsa, ni majeza
folclórica, |
ni disfraz zarzuelero, ni fingida tragedia, ni
miseria buscada, sino hombres y mujeres sacados de la sangre y del recuerdo. Y
junto a estas estampas de un Madrid de tranvías y mercados de barrio,
soñado largamente en sus años de México, se cuelgan otros
óleos, que parecen venidos de otro sueño, de una Holanda lejana,
o de tierras bretonas. El sol pierde su serena belleza, donde la
maestría del pintor disfraza los colores de
silencio.
Extraordinario dibujante, pintor sensible, especialmente dotado para
llegar tanto al espectador cultivado como al que se enfrenta con un cuadro por
primera vez, crea una obra, cargada de romántico lirismo, que no pierde
nunca un peculiar y entrañable sentido popular. Un Madrid callejero,
herido de nostalgia, toma vida en sus manos. Hay un eco de organillo
chulón y de verbena temblando en el color. Plaza
Mayor, Amanecer en Madrid, La Florista, Las
Modistillas, El Palacio Real, El Sereno,
Rincón Madrileño, El Rastro. Al borde de
lo tópico y sin temor al riesgo, consciente de lo que se propone,
profundiza a golpe de pincel en todo lo que pinta, y en su obra no hay
alegría falsa, ni majeza folclórica, ni disfraz zarzuelero, ni
fingida tragedia, ni miseria buscada, sino hombres y mujeres sacados de la
sangre y del recuerdo. Y junto a estas estampas de un Madrid de tranvías
y mercados de barrio, soñado largamente en sus años de
México, se cuelgan otros óleos, que parecen venidos de otro
sueño, de una Holanda lejana, o de tierras bretonas. El sol pierde su
serena belleza, donde la maestría del pintor disfraza los colores de
silencio.
En 1961 obtiene la Primera Medalla del Salón de Otoño.
En 1962, logra con los carteles que realiza para RENFE, el Premio Internacional
del Cartel Turístico en Alemania. En 1964 Francia le condecora con la
Medalla de Oro de las Artes, las Ciencias y las Letras, y dos años
más tarde la Asociación de Pintores y Escultores le conceden la
Medalla de Honor del Salón de Otoño. Se multiplican sus
exposiciones en Madrid, Bilbao, Valencia, Vigo, León... Hacia 1972,
incorpora a su obra una serie de óleos en los que se percibe una mayor
preocupación social, como Hacia la Huelga, La
Huelga, La Cola del Hambre La Ría de
Bilbao, obras de completa madurez, que bastarían por sí
solas para justificar la categoría artística del pintor
madrileño, que poco tiempo antes de morir realiza el tríptico
España Virgen, Paridora de Pueblos, obra de grandes
dimensiones, que en su conjunto mide 162 x 427 cms. , con la que Bardasano, que
no olvida sus años mejicanos, rinde homenaje a la gesta española
y a los pueblos de América.
Enemigo acérrimo de la pintura abstracta de la que
llegó a decir no es tal pintura ya que olvida lo fundamental que
es la forma. Esa falsa pintura no puede ser vendida mas que por kilos o por
metros, tajante en sus afirmaciones populistas: Dalí y
Picasso son pintores modernos pero contrarrevolucionarios, porque su forma no
es para la masa popular, sino que está dirigida a un sector limitado del
público. Son hombres progresistas, pero no son sinceros como
pintores. Despectivo ante las falsas genialidades:
Desengáñese, cuando a los ochenta años se pinta como
un niño, no hay genialidad, hay reblandecimiento medular.
Enamorado de todo lo sencillo, honesto consigo mismo y con los
demás, devoto de Tiziano, de Goya y de Velázquez: Si
desaparecieran todos los cuadros que el Arte y la Historia íntegra de la
pintura, con todos los problemas que se le pueden plantear a un
pintor.
Trabajador infatigable, pinta hasta el último momento de su
vida, como lo demuestran los óleos fechados en el mismo año de su
muerte. Cercedilla, donde veraneaba y pintaba desde 1963, le honra dando su
nombre a la calle donde vivía. Hoy, gracias a la sensibilidad de la
Corporación Municipal, Madrid, en plenas Fiestas de San Isidro, vuelve a
encontrarse con José Bardasano. Ausencias y presencias se dan cita en
este Homenaje al ilustre pintor
madrileño. |